domingo, 22 de marzo de 2009

Carta del escritor Pedro Lemebel a Sebastián Piñera

Demasiado barato quiere comprar este paisito, don Piñi; usted que va por la vida tasando y preguntando cuánto vale todo. Y de un guaracazo se compra medio Chiloé, con botes y palafitos incluidos. Con cerros, bosques y ríos, hasta que se pierde la mirada en la distancia, le pertenece a usted.

¿Cómo puede haber gente dueña de tanto horizonte? ¿Cómo puede haber gente tan enguatada de paisaje? Me parece obscena esa glotonería de tanto tener.

Me causa asombro que, más encima, quiera dirigirnos la vida desde La Moneda.

Muy barata quiere rematar esta patria, don Piñi, y sólo con un discurso liviano de boy scout buena onda. Pura buena onda ofrece usted, don Piñi boy, como si estuviera conquistando al populacho con maní y papas fritas. Nada más, el resto pura plata; empachado de money, quiere pasar a la posteridad sólo por eso. Porque cuando citamal a Neruda se nota que a usted le dio sólo para los números y no para la letra.

Es decir, usted es puro número y cálculo, señor Piñi, poca reflexión, poco verbo, poca idea, aunque esa es la única palabra que usa entre sus contadas palabras efectistas. Buena onda y futurismo.

Las heridas se parchan con dólares. La memoria queda atrás como una tétrica película que olvidar. Sin vacilar marchar, que el futuro es nuestro (parece himno de la juventud nazi). Así arenga usted a este pueblo embelesado con los adelantos urbanos hechos por la Concertación. Nadie sabe para quién trabaja, y usted la encontró lista.

O sea, usted se pasa de listo, don Piñi. Quiere hacernos creer que siempre fue demócrata, pero lo recordamos clarito sobándole el lomo a la dictadura, haciéndole campaña a Büchi, amigote de la misma patota facha que le anima la campaña. Los peores, la gorilada del terror. Parece que este suelo nunca aprendió la lección, ni siquiera a golpes, y con facilidad se traga el sermón de la derecha pinochetista, ahora remasterizada con piel de oveja neoliberal. Pero son los mismos de entonces, soberbiamente gozando los privilegios de la democracia que conseguimos nosotros, y sólo nosotros, porque también yo dudo que en el plebiscito votara que no simpatizando por la derecha.

Mire usted qué fácil le resultaba tratar de transformar el Mapocho en un Sena con sauces. Puro arribismo, intentar esticar con terracitas y botecitos parisinos a nuestro roto Mapocho, quizás lo único rebelde que le va quedando a esta ciudad.

Qué delirio, míster Piñi, ¿por qué no se va a Europa si cacha que nunca va a poder blanquear la porfiada cochambre india de nuestra raza?

Quizás todo el país se acuerda de usted formando parte de la nata panzona del derechismo empresarial. Por entonces, en aquella época de terror, quien hacía fortuna de alguna manera era a costa de las garantías de la represión. Usted llenaba sus arcas, don Piñi, y nosotros sudábamos la gota gorda, o la gota de sangre. Fíjese que no se nos ha olvidado, y nunca se nos olvidará, aunque a usted le reviente que el pasado aflore cuando menos se lo espera. A usted ni a sus yuntas de pacto les conviene el pasado, por eso miran turnios y amnésicos al futuro.

Su discurso Disneyworld, míster Piñi, no resiste análisis, y sólo el arribismo miamista de algunos chilenos le compra su receta de vida fácil, su filosofía banal de texano paticorto. Usted me recuerda a Bush, a Menem, Piñito. Es la nueva derecha titiritesca y farandulona.

Puro show, pura foto tecnicolor de mundo feliz con sus sombreros republicanos en el Crown Plaza.

Pero le falta la cultura a su centroderecha inmediatista. No hay peso intelectual en su carnavaleo de propaganda. Nada más que modelos tetudas y parientes de hippysmo revenido. Demasiado barato quiere rematar este país, Piñito. Ni siquiera basta con su cátedra fantasma en las aulas de Harvard.

Tampoco, usar de propaganda la limosna que puso por mi amiga Gladys en sus últimos momentos; eso es muy feo, y de mal gusto. Sobre todo para usted que es tan humanista cristiano. Porque usted es pillo, Piñín. Quiere sacar adherentes de todos lados, como si este país fuera sombrero de mago. Lástima que la oferta de su vanidosa feria de variedades huele a ventaja populista.

Nada más, don Piñi; el resto, esperar con cueva lo que ocurra en el 2009.

PEDRO LEMEBEL

domingo, 15 de marzo de 2009

Idealismo en política ¿Podemos soñar?

Escudriñando entre algunos documentos que había escrito, encontré uno que me pareció particularmente interesante y que me gustaría compartir. Fue escrito para la cátedra Historia del Pensamiento de político, con el profesor Luis Oro Tapia. 
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El presente ensayo tiene por finalidad dar a conocer nuestra postura con respecto al idealismo en política, algunas preguntas que han surgido en torno a este planteamiento son: ¿es la política la herramienta para llevar a cabo los sueños? ¿Gobernar es lo mismo que la realización de los ideales personales? A medida que avance este ensayo trataremos de dar respuesta a estas y otras interrogantes.

En primer lugar me gustaría dar un esbozo de Estado y política para luego relacionar ambos términos y así poder llegar a una conclusión primitiva de este trabajo.  Una definición de estado bastante reconocida y, por cierto acertada, es la que da Max Weber: El estado es aquella comunidad humana que, dentro de un territorio, reclama para sí con éxito el monopolio de la violencia física legítima[1]. Podría afirmar que la definición de Weber es independiente a la ideología política, por cuanto en las concepciones que tienen de Estado las principales corrientes de pensamiento se encuentra presente, tácita o explícitamente, el concepto de “represión” que tiene que ver con la violencia.  Los anarquistas ven en el Estado una institución represora. Los marxistas, en tanto, afirman que el Estado  tiene carácter de clase y solo se dedica a  proteger los intereses de la clase dominante, lo que da lugar a una clase dominada. Los liberales, finalmente, apelan por el estado mínimo, que solo se debe hacer cargo de las fuerzas armadas y la policía para resguardar a la propiedad privada.  

Ahora, de una forma menos restringida, podríamos decir que El Estado es aquella “suma de instituciones de poder político” que puede hacer uso de manera legítima de la violencia, lo cual no implica que el Estado sea eminentemente violento.

Ahora, y continuando con el pensamiento Weberiano, la política es la actividad orientada a ejercer influencia sobre la dirección de una asociación política[2]. Es decir, la política es aspirar a posiciones de poder dentro del Estado y controlar, por añadidura, el medio exclusivo que posee el Leviatán: la violencia legítima[3]. En suma, la política es la actividad que ejercen los interesados en ocupar posiciones de poder en el Estado para llevar a cabo sus fines, por tanto, como dice Weber, la política es una actividad de interesados –con intereses altruistas o egoístas- pero interesados al fin y al cabo[4].

Schmitt, en tanto, afirma que el concepto de Estado supone el concepto de lo político[5],  ergo, podríamos matizar un poco la concepción marxista de Estado y decir que éste se dedica a defender los intereses de quienes lo controlan. Son los interesados en ocupar al Estado los que llegan a él, pero ¿su interés recae solo en el Estado? Ya lo he mencionado, quienes buscan controlar el Estado lo hacen para llevar a cabo sus intereses, sus propios fines, los cuales pueden ser perfectamente egoístas o altruistas; el político que ha llegado al Estado puede velar por sus intereses personales y privados o puede aspirar, a través de la maquinaria estatal, a llevar a cabo su “sueño de sociedad”, aquel lugar que él cree es ideal para vivir.

Ahora, me gustaría ser enfático en la frase: “aquel lugar que él cree es ideal para vivir”.  Por cuanto sabemos que los intereses de las personas no son todos iguales. El ideal de sociedad de un liberal y de un marxista es similar, pero el camino que cada uno recorre para llegar a él es completamente diferente, es decir, ambos senderos se separan y un liberal no podría encarnar de ninguna manera los intereses de un marxista. Y nótese, que estamos hablando de intereses personales pero que tienen repercusión en toda la comunidad. Una manera de vivir privada convertida en pública y obligatoria.

Pero ¿cómo es posible llevar a cabo un interés privado para que se convierta en una forma de vivir pública? El Estado es el ente que posee el medio exclusivo para conseguir aquello. Luego, controlar al Estado implica controlar los medios violentos que permiten obligar a vivir de una determinada manera.

En suma, podríamos decir que efectivamente la política, como medio de influencia hacia el Estado, es el medio para llevar cabo los sueños, pues es la única institución –o macroinstitución- que cuenta con los medios suficientes para instaurar una forma de vivir y quien se oponga, eventualmente sufrirá el uso de la violencia legítima por parte de quienes controlar al Leviatán. 

A raíz anterior surgen dos aristas y la primera da origen a la segunda: primero, dentro de la arena política conviven varios sueños, varios intereses que buscan ser concretados. Luego, el político luchará por llegar a controlar un puesto de poder y, en esta lucha se enfrentará a otros interesados cuya motivación es la misma: usar al Estado para cumplir sus fines.  Es decir, se va a producir una colisión de ideas y en democracia será la nación quien ungirá al poderoso, a quien tendrá el privilegio de poder llevar a cabo su sueño usando al Estado como medio, pero en otros regímenes el conflicto político puede ser mucho más encarnizado, una relación amigo-enemigo, como diría Schmitt, donde se termina por eliminar a quien no tiene el mismo sueño que aquel ha llegado a dominar al Estado.

Como segunda arista y, a mi juicio, como piedra angular de este trabajo, se sitúa la eventual concreción de aquellos sueños. Si quienes aspiran a un mundo perfecto conciben que los ingredientes de éste son la justicia, la igualdad y la concordia, entonces, el párrafo anterior sobraría, ya que si existiera la igualdad todos aspirarían a lo mismo y no existiría oposición a los intereses que tiene el poderoso. No somos iguales, no podemos serlo. Niebhur es enfático al mencionar las desigualdades funcionales, que olvidan aquellos que aspiran a una sociedad completamente homogénea. Por otro lado la justicia es un concepto que cae en la misma clasificación: si justicia es dar a cada uno lo que se merece ¿somos nosotros capaces de determinar lo que cada uno merece? ¿Es justo que EEUU imponga un modo de vida en Irak? ¿Querían eso los iraquíes? Otro concepto más que es inalcanzable, la justicia es demasiado subjetiva. Lo que para mi es justo puede que para otros no lo sea.

Con lo anterior lo que busco no es destruir el concepto de política como medio para llevar un sueño a cabo, lo que pretendo demostrar es que son aquellos sueños ideales los que no se pueden lograr.

Finalmente, y para dejar aún más clara nuestra postura, me gustaría graficarlo con un pequeño ejemplo: Mi sueño personal es lograr que la mayor cantidad de ancianos puedan tener una vejez digna y que vivan de la mejor manera posible aquella importante etapa de la vida. Perfectamente puedo hacer uso de las herramientas que me entrega el poder político y el Estado para llevar a cabo ese sueño, para construir una sociedad un poco mejor, pero no perfecta. Sin embargo, si mi sueño es lograr que todos –todos- obtengan el mismo sueldo, caigo en la utopía. El Estado me brinda las herramientas para conseguir aquellos, pero ¿es posible hacerlo? O, dicho de otro modo ¿son suficientes las herramientas que la política me da? Me atrevería a decir que no. No todos quieren el mismo sueldo. Es la naturaleza humana per se  la que lo impide.

En conclusión, la política es una actividad que sirve para llevar a cabo sueños –altruistas o egoístas- pero sueños al fin. El meollo no es, sin embargo, este hecho, sino que lo que hay que tomar en cuenta es la posibilidad de concretar aquellos sueños. Puede que la política me brinde herramientas, pero ¿permite la naturaleza humana construir la sociedad perfecta e ideal donde impere la paz, la justicia y el amor?, es un sueño, un atractivo sueño, pero que en la práctica es difícil de conseguir.  Por eso, para terminar, me quedo con una  frase de Weber: Podemos soñar, pero nunca perdamos de vista la realidad factual.



[1] La política como profesión – Max Weber. Editorial Espasa Calpe S.A. P.88

[2] Ibidem. P.87

[3] El poder: adicción y dependencia. Luís Oro T. Brickl Ediciones. P. 36

[4] Ibidem

[5] http://derecho.itam.mx/facultad/materiales/proftc/herzog/Schmitt%20-%20Conceptodelopoliticopdf.pdf