Los desafíos que actualmente enfrenta nuestra región son de una complejidad y sin precedentes. En consecuencia, no pueden ser enfrentados por las formas tradicionales, es decir, los Estados aislados no podrán conseguir el desarrollo de la región de manera armónica. Por tal motivo, se hace patente la necesidad de inclusión de nuevos actores, de modo tal de poder complejizar el escenario en el cual nos encontramos para hacer más simple el choque con las problemáticas que surgen en la Latinoamérica actual.En primer lugar, creo válido y necesario mencionar dos subsistemas que conviven en la región y cuyos límites son bastante difusos. Por un lado, hayamos los países de corte socialista-bolivariano: Bolivia, Ecuador, Venezuela, Honduras, Nicaragua, Cuba y, más recientemente, Paraguay con la llegada al poder de Fernando Lugo. Coincidentemente son países que tienen una historia de desarrollo bastante parecida y, en consecuencia, han desarrollado formas de ver las cosas que también guardan similitudes. Es decir, el proceso histórico de estos países ha condicionado la forma en cómo éstos han generado sus paradigmas (Toledo; 1998).
En el otro lado, tenemos a países que han optado por caminos diferentes de desarrollo, de forma más temprana o más tardía, pero que han desechado la idea bolivariana en su vertiente más radical y donde prosperan otras ideologías en el poder: Chile, Uruguay, Brasil, Colombia, Perú, incluso México. De manera análoga, son Estados bastante cercanos actualmente, con gobierno de centro izquierda o centro derecha, pero alejados de los extremos propios de los gobiernos socialistas latinoamericanos. De la misma manera, han generado su forma de ver las cosas y de explicar lo que sucede.
Podría hilar aún más fino y encontrar una serie de diferencias entre cada uno de los Estados lo cual, por cierto, convierte a cada país en un sistema –o sub sistema- que forma parte del sistema mayor, Sudamérica o Latinoamérica o, en un sentido amplío, América. Naturalmente, cada país ha vivido su propio proceso histórico particular lo cual ha condicionado la elaboración de paradigmas y de estilos cognoscitivos, las forma de explicar las situaciones y los sucesos en cada uno de ellos es particular y única.
Ahora bien, dada la situación expuesta antes, nos encontramos con países –que llamaremos sistemas- en un constante proceso de acoplamiento estructural, intercambiando perturbaciones. Sin embargo, la negentropía que estos sistemas generarán vendrá condicionada por los paradigmas y las formas de visión que tienen los sistemas para ver esas perturbaciones y, en consecuencia responder a ellas, pero como esos paradigmas son particulares cada Estado responderá de forma particular a la perturbación pues la verá de una determinada forma.
Ahora, dado que cada Centro de Gestión inteligente generará sus propias respuestas, surge la pregunta ¿cómo hacer que la respuesta sea integrada? O, poniéndolo en otros términos, ¿cómo aprovechar el sustrato común que tenemos todos los países latinoamericanos para hacer frente a las perturbaciones del entorno?
La idea fundamental, a mi juicio, es la inclusión de nuevos actores dentro del sistema que faciliten el dialogo, el debate, es decir, que simplifiquen el proceso de “ver” las perturbaciones, o de otra forma, generar los paradigmas que ayuden a responder a las perturbaciones de una manera adecuada y a generar negentropía para responder de forma unificada a estas perturbaciones, de tal manera que la homeostasis puede hacerse presente de manera armónica en la región y no solo en algunos países. Aunque, vale decir, que si las respuestas de “esos países”, como Chile o Perú, han dado resultados no significan que sean las únicas correctas, pues como dice Bateson (1991) no existe una conexión lógica estrictamente necesaria entre la utilidad (p.e desarrollo tecnológico) con la verdad (epistémica) a la que aspira el conocimiento científico.
La inclusión de nuevos actores que simplifiquen estas relaciones es un camino. Es por eso que instancia como la OEA representan sistemas que no ven o no tienen las visiones necesarias para ver de manera adecuada los problemas y, por tanto, no puede responder correctamente a ellos. El camino, por tanto, a mi juicio es el fortalecimiento de UNASUR como instancia de integración en primer lugar de los países sudamericanos, para luego ampliarlo a toda Latinoamérica y generar una verdadera integración de nuestra región, que trascienda al sentido únicamente económico o ideológico. Que se convierta en una verdadera alternativa a los desafíos complejos que actualmente enfrenta América Latina y no como una simple oposición a otra cosa (el ALBA de Hugo Chávez nace como un “alternativa” a la propuesta del ALCA de los Estados Unidos).
La generación de un parlamento común, con el mismo estilo al de la unión Europea, cortes supranacionales sudamericanas, formas de hacer política y de enfrentar los problemas de manera conjunta a través de nuevas relaciones y de nuevos paradigmas. La idea no es negar la legitimidad del otro (Maturana; 1991) sino que aceptar la visión del otro para, en complementariedad, poder construir una visión capaz de enfrentar y ver los problemas no como sistemas aislados, sino que como una sola región.
Finalmente, es necesario hacer hincapié en la visión de cada observador a los problemas, toda vez que son observadores inteligentes que tienen sus propios paradigmas, experiencias, procesos históricos y conocimientos previos. En consecuencia, lo que es bueno para los países de corte bolivariano puede resultar nefasto para un país que no lo es y también puede suceder el caso inverso. Es valioso, entonces, poder conseguir el punto de equilibrio en el cual toda la región sea capaz de conseguir un desarrollo armónico para dejar el incómodo y vergonzoso título de “la región más desigual del mundo”.
Referencias:
=>Bateson, Gregory. Pasos hacia una ecología de la mente. Planeta. Buenos Aires, 1991
=>Maturana, Humberto. El sentido de lo humano. Comunicaciones Noreste Ltda. Santiago de Chile, 1991.
=>Toledo, Ulises. La epistemología según Feyerabend. Revista Cinta de Moebio, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile. Santiago 1998.


