lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Ad portas de privatizar la salud pública?

Hoy apareció en el mercurio una nota alentadora e inquietante a la vez. Siempre que he tenido la mala suerte (y digo la mala suerte, porque fue cuando mi abuelita se enfermó y le hizo varias visitas durante el 2007, hasta el 7 de agosto de ese año) de visitar el hospital San José me había cuestionado la existencia de un solo hospital para toda zona norte de Santiago, teniendo que atender no solo a comunas que se encuentran dentro del área metropolitana como Independencia, Recoleta, Huchueraba, Conchalí, Quilicura o Renca, sino que además a comunas más alejadas como Lampa, Til Til o Colina. De ahí viene la noticia alentadora, pues el Ministerio de Salud ha decidido priorizar la construcción de tres complejos hospitalarias completamente nuevos, uno de ellos en Quilicura y otro en Colina. El otro es 'en el sector poniente' y, además, se contempla la remodelación del hospital El Salvador y del Hospital Geriátrico para convertirlos en un gran complejo y la remodelación del Hospital Sotero del Río. Algo así como 700 millones de dólares se pretenden invertir en hospitales en estas zonas. Si eso se complementa al acuerdo que alcanzó el gobierno con los funcionarios de la atención primaria, resulta bastante interesante lo que se puede hacer en temas de salud pública.

Lo inquietante es, y acá me hago el mismo cuestionamiento del diario, lo que propone el Ministro de Salud, Álvaro Erazo al Ministerio de Obras Públicas es "concesionar la construcción y operación" de los recintos. Puede que se trate de una confusión semántica y en realidad se vaya a seguir el mismo modelo de concesión de los hospitales de Maipú y La Florida, en los cuales las empresas posterior a la construcción podrán operar los servicios no clínicos, pero todo lo relacionado con prestaciones médicas sigue en manos del Ministerio de Salud. Dicho modelo resulta bastante exitoso y es una muestra importante que hay problemas que pueden ser enfrentados en forma conjunta por el sector público y el sector privado, con la regulación adecuada y protegiendo los intereses de los usuarios.

¿Por qué no concesionar los servicios clínicos? Porque acá no estamos hablando de carreteras, estamos hablando de una responsabilidad irrenunciable del Estado con la población. Chile, además, tiene una larga tradición en políticas de salud pública y desarrollo de estrategias sanitarias para la población. Las alianzas con privados son buenas para complementar la labor del Estado, pero no para reemplazarla. Actualmente en Chile existe un debate importante respecto a la calidad de la educación pública y, si bien no vamos a negar los problemas que tiene el sistema de salud, no hay que pensar que entregarle completamente esa labor a los privados los va a solucionar, pues en muchos casos llegar a ser mitológico esa "ventaja" del sector privado en aspectos de gestión.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El ¿fenómeno? Marco.

Hace algunos días se me ocurrió una analogía que publiqué en Facebook pero que no que desarrollé más allá de los caracteres que me permite el "¿En qué estás pensando?".

Marco Enriquez-Ominami ha sido visto por muchos como un "fenómeno", casi como el Mesías prometido que viene a salvar a la políticas chilena del "monopolio de los dirigentes de los partidos" como dice el hijo de Miguel Enriquez. Para mi, en cambio, es algo mucho más sencillo. ME-O es, simplemente, un síntoma de la enfermedad que hace varios años afecta al sistema político chileno: baja representatividad, pocas caras nuevas, escaso interés de las personas en los partidos políticos o en las instituciones de gobierno, deslegitimación de los partidos políticos, y en general una baja estima social hacia la actividad política.

Es cierto que ME-O le ha dado a nuestra política una forma para decantar una serie de requerimientos de la ciudadanía que se enmarcan en esta baja representatividad política de las coaliciones y creo que hay varias causas que han terminado generando esto y, por consiguiente, han contribuido al surgimiento de un proyecto personalista en la figura de ME-O, que busca acaparar en si mismo "lo que la ciudadanía pide y la política tradicional no le da". Una de esas causas es el nefasto sistema binominal. Este sistema ha provocado que no exista una renovación de los diputados y senadores, acumulando presiones en torno al congreso que no pueden ser liberadas con el triunfo de candidatos ajenos a la Alianza o a la Concertación, luego el congreso pierde valoración social y a un paso está la pérdida de valoración social de la política en general. En pocas palabras, no es posible un aggiornamiento de la política chilena.

Los partidos políticos han hecho lo propio poniendo como candidatos siempre a caras repetidas. Y en un periodo un diputado puede ser elegido por un distrito en la primera región y al periodo siguiente se va a la séptima. Sin embargo, esto se vería atenuado con un sistema proporcional que permitiera reflejar realmente la opción de las personas, lo que sería realmente democrático. Jovino Novoa, actual presidente del Senado y por tanto segunda autoridad constitucional del país salió tercero en Santiago Poniente, siendo superado por Guido Girardi y Andrés Zaldivar.

Los partidos, además, se han alejado de las personas, hoy se les ha demonizado y mucha gente los ve como antros de corrupción e influencia de los más variados intereses. Pero cuesta imaginarse una democracia sin partidos políticos y, más todavía, en una sociedad donde los grupos organizados de la sociedad civil no están plenamente rearticulados o, más bien, están en pleno proceso de rearme y formación.

Hay también una responsabilidad ciudadana. Muchos muestran una apatía con los procesos políticos que parece inexplicable, tomando en consideración que llevamos 20 años de democracia y que muchísimo se luchó por ella, hoy pareciera que le importa a cada vez menos personas. Es cierto, las cosas enumeradas en los párrafos anteriores tienen mucha relación, pero de parte de la gente el ánimo por mejorarlas y cambiarlas parece ser escaso. Es típico escuchar frases como "me gusta la política, pero no me convencen los políticos", ahí es donde entra esa necesidad de renovación, pero estructural y encarnada en un proyecto político y no en una persona.

En ese contexto surge un candidato "underground" que ofrece lo que muchos ciudadanos desean: un alejamiento de los partidos políticos y una crítica contra el sistema en general, un acercamiento a las personas y una búsqueda por representar intereses de los más variados sectores. Pero es difícil estar bien con Dios y con el diablo. Marco Enriquez Ominami es la forma en cómo el sistema política se ha -en lenguaje ferroviario- despichado. No es hábil, no es un buen político; simplemente la circunstancias actuales y los errores cometidos le ha dado lugar y ha provocado su, a mi juicio, artificial crecimiento.

Analizar su candidatura podría ser materia de otro artículo, pero en pocas palabras representa una especie de "caudillo". En él se encarnan sus aspiraciones y carece totalmente de una cimiente política fuerte de la de sostenibilidad en el tiempo y, algo aún más importante, que garantice gobernabilidad para Chile. Detrás de Marco no hay nada más que la aspiración personal de un tipo que supo aprovechar las circunstancias favorables de la lisa política.

Finalmente, 70 mil firmas que juntó representan algo así como un 1% del universo total de votos válidamente emitidos para la segunda vuelta de la última elección presidencial y en la última encuesta CEP sólo el 5% de la muestra cree que Marco será el próximo presidente, independiente que tenga un 17% de apoyo. No es un fenómeno, solo es el síntoma de la enfermedad de nuestro sistema político y que los síntomas sean más notorios solo evidencia que la enfermedad se agrava. Espero que no haya un colapso.