lunes, 6 de junio de 2011

Ideas sobre los totalitarismos en Hannah Arendt

A partir del texto "El origen de los totalitarimos" de Hannah Arendt es posible identificar algunos elementos característicos y constitutivos de estos movimientos y al mismo tiempo extrapolar ciertas causas por las cuales los totalitarismos no lograron de forma efectiva el  control global al cual aspiraban. La autora analiza los dos regímenes que alcanzaron un grado más significativo de control de las sociedades: la Alemania Nazi y la Unión Soviética bajo el dominio de Stalin.

Un primer elemento que se debe rescatar es la eliminación de todos aquellos elementos que fragmentarán la sociedad y la nación. Los totalitarismos buscan unificar a la sociedad, romper con  el individualismo. Señala la autora que el perfecto gobierno totalitario es aquel donde los hombres se han convertido en un solo hombre. Así, una analogía ilustrativa es la del hormiguero donde toda la colonia forma un solo cuerpo que funciona de manera unificada. Es posible además hacer la relación que lleva a Popper a señalar que Aristóteles, en la República, constituiría el antecedente más inicial de los totalitarismos, al señalar que el ser humano es una parte de la ciudad y que viviendo alejado de la polis su vida pierde sentido. Argumento que es sumamente discutible.

Volviendo al punto, los totalitarismos no ven en la democracia una alternativa para el gobierno. La presencia de la oposición, inherente a toda democracia, fragmenta la sociedad y le pone obstáculos a la evolución natural de las sociedad, ya sea desde un punto de vista darwinista, como en Alemania, o bien desde el marxismo de la Unión Soviética. En el primero la evolución es natural y el Estado actual del hombre no es el final. Bajo esta concepción las ideas de espacio vital y la superioridad de la raza aria cobran profundo sentido.
En el caso de los soviéticos, el sustento a su evolución histórica se encuentra en el argumento de Marx. Los métodos estalinistas pata eliminar a quienes se oponen al correcto funcionamiento de la dictadura del proletariado y que obstaculizan el avance de la sociedad comunistas hacia el fin de las clases sociales. Tanto el estalinismo como el nazismo tienen aspiraciones de dominación mundial explícitamente señaladas. El primero debido a la expansión casi biopolítica del comunismo por los países del mundo, de ahí que esperaran la caída del capitalismo, y en el caso de Alemania con la marcha hacia el este que los lleva a ocupar Polonia, entrar en guerra con Rusia y buscar la dominación total de Europa.

Un segundo elemento que es necesario señalar y que probablemente sea el más conocido de los totalitarismos que analiza la autora pero no necesariamente el más característico de estos sistemas, pues aparecen también en gobiernos autoritarios que no aspiran al control global y ni tampoco a la dominación mundial.  Se trata de la violencia y el terror. Lo que distingue el uso de la violencia en los totalitarismos de otros gobiernos que la han usado, como los gobiernos burocráticos-autoritarios fundados en la doctrina de la seguridad nacional en América Latina, es que la coerción física y el uso del terror ayuda a los regímenes a mantener su propaganda y su organización (dos elementos sobre los que volveré más adelante) intimidando —o usando las palabras de la autora, aterrorizando— a todos quienes se aparten de la línea que plantea el régimen.

La violencia era considerada por los movimientos totalitarios como un instrumento necesario e inherente de control. No se trataba del simple hecho de matar, sino de eliminar bajo un plan diseñado  para retirar del camino de la evolución natural o histórica cualquier elemento que se interponga. Así, el terror, como elemento característico  de los totalitarismos cobra sentido en la medida que convive con los otros elementos y de esta forma también se puede distinguir del uso de la violencia por parte del Estado que llevan a cabo otros regímenes.

En este uso de la violencia y el terror para sostener la estructura del régimen deja fuera solo los que se encuentran en el círculo más cercano al líder y, por cierto, el líder mismo, que constituyen el núcleo central del movimiento. Esto nos lleva al tercer elemento característico: la organización. La autora habla de capas que se van superponiendo a partir desde el propio líder, el círculo de hierro más interno —que se puede ilustrar con los generales del gobierno nazi de Alemania que se quedó en el búnker con Hitler en los últimos días del régimen previo a la caída de Berlín— y llega hasta la masa no totalitaria.

A diferencia de otros regímenes militares, que se estructuran valiéndose de la misma jerarquía piramidal de los ejércitos que se hacen con el poder, situación, por ejemplo, de las dictaduras militares de la Europa mediterránea, los totalitarismos hacen que todas las decisiones que se toman graviten en torno al centro, que es líder del movimiento. El líder le da orden a las diversas capas y éstas se controlan mutuamente en un ambiente de desconfianza constante en el otro. Un brazo de los regimen totalitarios para mantener este control es la policía secreta. La policía constituye el control de partido, del Estado, del movimiento y de ella misma en la  organización.

La propaganda es el cuarto elemento característico de los regímenes. Si bien es cierto que la propagan es usada por muchos regímenes de carácter autoritario, en los totalitarismos ésta tiene un carácter superior, pues contribuye a la socialización de las ideas del régimen y a la reeducación de  todo el orden social. La propagan tiene como fin la creación de un mundo de ficción que tiene como eje la conspiración contra la Alemania nazi, por parte de los judíos, y contra el pueblo socialista y el proletariado, por parte de la Rusia estalinista. La ficción llega hasta tal punto, que transforma la realidad existente y la reemplaza por un mundo creado por la propaganda que a su vez es legitimado por componente científicos que buscan reforzar la socialización de las masas y las verdades del régimen. Corea del Norte, actualmente, sería un ejemplo potente de dominación con la propagando como elemento esencial.

Finalmente, el Estado totalitario es el quinto elemento de los regímenes. El partido se convierte en un espejo del Estado que le ayuda al movimiento mantener el control del funcionamiento de todo el aparato institucional. Se constituye así un aparato que busca la dominación global de la sociedad, la eliminación de todos los elementos que se interpongan en el camino de la nación hacia su destino evolutivo natural o histórico, se sustenta en la planificación totalitaria del líder y se ayuda de una propaganda que busca cambiar la realidad y aspirar, expresamente, a la dominación mundial, sea en años, décadas e incluso siglos, pues la evolución es la que lleva a la sociedad hacia allá y los regímenes totalitarios buscan hacer que ese camino sea más expedito.