domingo, 27 de enero de 2013

México entre CELAC y Alianza del pacífico

Creo que la relevancia que en el mediano plazo pueda tener la CELAC depende fundamental del comportamiento de dos actores: Brasil y México. Ambos por sus características de grandes potencias regionales y, de alguna forma, los dos polos más significativos entre los que se mueve América Latina. Bien sabemos que este hecho ha sido explotado de manera muy significativa por Brasil durante la última década, pues ha gozado de condiciones particularmente favorables: un gobierno con claras aspiraciones de política exterior, el boom de las materias primas generó un rápido crecimiento económico, que a la vez permitió financiar una intensa agenda de política doméstica para atacar problemas sociales como la pobreza y la inseguridad, creando un clima propicio para el desarrollo y la inversión y la presencia global. A ello hay que sumarle el que Brasil se tomó muy en serio su rol de potencia emergente, articulando alianzas diplomáticas en foros internacionales e impulsando el rol global de los BRICS. Del mismo modo, Brasil ha podido ir equilibrando su relación con América Latina y su rol de líder regional con sus aspiraciones globales.

México, en cambio ha seguido un camino mucho más errático en su relación con América Latina. Por un lado está su inexorable cercanía con los Estados Unidos, que ha sido canalizado principalmente a través del North America Free Trade Agreement (NAFTA) y que se profundizó durante los gobiernos del PAN de Vicente Fox y Felipe Calderón, a pesar de las tensiones que existen entre ambos países, particularmente en lo relacionado a las migraciones transfronterizas. A esto se suma la cooperación cercana y formal entre México y los Estados Unidos en la guerra contra el narcotráfico, que sumió a varios Estados del norte de México y por derivación al gobierno federal en un conflicto armado que, además de ineficaz, ha dejado como saldo más de 60 mil muertos en los últimos años.

Como aditivo a esta situación, está el profundo encadenamiento de las economías mexicana con la estadounidense, que llevó a que México se viera particularmente afectado por la recesión en los Estados Unidos. Lo negativo de esto es que el NAFTA terminó por consolidar una dependencia unidireccional de México hacia los Estados Unidos, con lo cual se vuelve más atractivo para los mexicanos diversificar su portafolio de exportaciones.

En consecuencia, el ascenso de Brasil en la región vino acompañado por un constante alejamiento de México, que profundizó sus lazos con los Estados Unidos. Es una especie de conjunción de hechos que contribuyó al alzamiento de Brasil como líder regional y al ocaso de México en América Latina, lo que evitó en los primeros años una rivalidad cierta hacia el liderazgo que se planteó desde Brasilia para la región. En todo esto Centroamérica quedó en un estado de parcial orfandad, la que fue llenada con la ascensión de Venezuela que empezó a generar su propia esfera de influencia en América Central y el Caribe.

Con el PRI de regreso en Los Pinos se ha dicho de manera frecuente que México regresará la mirada hacia América Latina. El asunto es que hoy América Latina es una región cambiada, cuenta con instituciones internacionales relativamente estables que han formalizado la relación entre los principales actores de la región y Brasil juega un preponderante rol en la articulación de estas instituciones, particularmente del MERCOSUR y de UNASUR, así como de otras iniciativas particulares creadas al alero de las dos más importantes.

En ese marco hay dos instancias de las cuales México podría valerse para aterrizar en América Latina y empezar a profundizar lazos nuevamente con los países del sur. El primero es la Alianza del Pacífico, que plantea una serie de ventajas habida cuenta que dicho organismo se crea bajo la aspiración más amplia de crear la TPP o Trans-Pacific Parthnership, que busca crear una gran zona de libre comercio en todo el arco del océano pacífico. Entre las utilidades que presenta está el hecho que México no necesita prescindir de su relación con Estados Unidos para hacerse parte de la Alianza del Pacífico. El NAFTA pasa a ser un eje complementario —al igual que la alianza del pacífico— del potencial TPP en gestación. Esto cobra particular importancia cuando tomamos en cuenta que la participación comercial de México en América Latina ha sido notablemente baja en comparación con Brasil, como se ve en los siguientes gráficos (Click para ver más grande. Fuente de los datos: CEPAL)




De esa forma, la Alianza para el Pacífico, en una dimensión comercial, puede llevar a que México intensifique sus relaciones comerciales con América Latina, aunque probablemente éstas no lleguen en el corto plazo a los niveles de Brasil, debido a los volúmenes de comercio que éste mantiene con Argentina, que concentran el 43,1% del comercio intrarregional brasileño y además se llevan los principales productos industriales de ambos países. De este modo, podría ser beneficioso para México buscar en el mediano un tratado de libre comercio con Mercosur o bien que Alianza del Pacífico busque construir un acuerdo de la misma naturaleza, incorporando de esa forma a Brasil al bloque.

Pero la política exterior no debe reducirse a la dimensión económica o comercial, aunque sea ésta uno de los grandes incentivos que tienen los países para buscar construir alianzas estratégicas entre ellos que contribuyan al desarrollo económico y social. La dimensión política del regreso de México a América Latina podría estar marcada por el rol que juegue en CELAC. Sin embargo, al carecer CELAC de cualquier institucionalidad formal —a diferencia de UNASUR o MERCOSUR— su potencial para la región puede llegar a ser marginal, máxime cuando intenta agrupar a subregiones que poseen intereses diversos en cuanto a su propia posición relativa en América Latina: América Central, el Caribe y América del Sur. Sumando a ello la exclusión de los Estados Unidos y Canadá, que en el plano político marca una especie de autonomía simbólica respecto a lo que sucede en la OEA, no obstante, en lo real, gran parte de los países que forman CELAC mantienen profundos lazos con los Estados Unidos, no sólo en términos comerciales, sino que además en asuntos relacionados con migraciones, remesas y seguridad. Visto así, OEA sigue siendo un actor significativo por institucionalizar esa relación.

Ahora bien, desde un punto de vista particular la CELAC sí puede presentar cierta utilidad para algunos países. México se podría beneficiar usando la organización como mecanismo para fortalecer los lazos políticos con América Latina y en la ecuación parece claro que si México quiere efectivamente volver a mirar al sur tendrá que exhibir aquellas ventajas que puede ofrecer a los países sudamericanos, por un lado un mercado de 120 millones de habitantes y una economía que lucha por situarse en el segundo socio comercial de Estados Unidos, después de Canadá, y desafiando a China. ¿Qué interés tienen los países sudamericano de mirar de formas más atractiva a México?

En mi opinión, México debería hacer un esfuerzo por mostrarse cercano a América Latina pero sin buscar rivalizar con Brasil. En un escenario de confrontación entre las dos principales economías latinoamericanas, México no tiene mucho que ofrecer debido a su lejanía de las economías secundarias más importantes de la región, todas colindantes o muy cercanas a Brasil: Colombia, Argentina, Chile y Perú. En un escenario de complementariedad podríamos perfectamente enfrentarnos a una región bipolar en la que Brasil y México compartan algún nivel de liderazgo, aunque para eso parece haber un camino importante que recorrer aún, sobre todo porque México no goza del prestigio global del que sí puede disfrutar Brasil. Aunque como primer paso para llegar a una posición regional de prestigio, CELAC puede ser una herramienta útil aunque, a mi juicio, no tanto como podría serlo, en una primera instancia, la Alianza para el Pacífico. 


viernes, 11 de enero de 2013

El presidente ausente

La manifestación que vimos hoy en Caracas se  ha convertido en una nueva reafirmación respecto del indiscutido liderazgo que tiene Hugo Chávez entre los electores venezolanos y pasa a ser la confirmación de una serie de triunfos electorales que sólo en este año se remontan al 7 de octubre, cuando en la elección presidencial más de 8 millones de electores votaron por la continuidad de Chávez a la cabeza del poder ejecutivo; y continuó con las elecciones regionales que, si bien le dieron el triunfo a Henrique Capriles en el Estado de Miranda –el débil líder que busca mantener cohesionada a la oposición y ventilarla de nuevos aires– el partido del presidente logró 20 gobernaciones de un total de 23. Más allá que uno comulgue o no con las ideas políticas del presidente Chávez, no es posible negar la posición política que ocupa en su país.
Sin embargo, Chávez también se ha convertido en el presidente ausente. Su enfermedad se ha llegado a ser un obstáculo importante que le ha impedido ejercer de manera continua el cargo. La imagen de Chávez está en grabaciones de sus discursos –en la concentración en Caracas de esa forma estuvo presente al cantar el himno nacional de Venezuela–, aparece en figuras de goma que sus adherentes llevan y que acompañaron una parte de la campaña presidencial. Es el líder que está ahí pero a la vez habita en otro lugar. Nicolás Madura, el delfín del chavismo, no expele el carisma ni el liderazgo del convaleciente presidente que, supuestamente, es capaz de entregar instrucciones desde Cuba. 

Se supone que este 10 de enero empezaba en Venezuela un nuevo periodo presidencial, en la que el presidente electo debía prestar juramento ante la Asamblea Nacional. Pero el Tribunal Supremo de Justicia dictaminó, básicamente, que dada la continuidad administrativa del poder ejecutivo no era necesaria una nueva juramentación (como llaman los venezolanos a la toma de posesión del cargo). Sin embargo, no existe acuerdo entre los juristas respecto a la constitucionalidad de esta resolución.  

Y es que el Tribunal Supremo de Justicia no responde a las características que debe tener un poder autónomo del Estado. Su composición es totalmente a favor del gobierno, al igual que la mayoría que el presidente tiene en la Asamblea Nacional. Cualquier mecanismo de pesos y contrapesos en el sistema institucional real de Venezuela hoy resulta una quimera.



De esa forma, la resolución del tribunal no es una sorpresa, pues dada su cercanía con el gobierno no iba a interpretar de otra forma el punto.

En todo caso, pareciera ser que donde sí existe cierto acuerdo es que Nicolás Maduro no se puede convertirse en un vicepresidente permanente y el tiempo que ocupe la primera magistratura en reemplazo de Chávez debe ser acotado. El vicepresidente, en Venezuela, es seleccionado por el presidente, a diferencia de lo que ocurre en Argentina o Brasil, donde compite de manera conjunta en las elecciones y los votantes deben elegir una fórmula.
El mismo tribunal señaló, de manera un tanto ambigua, que el permiso que tiene el presidente para no presentarse a jurar su tercer periodo bajo la Constitución Bolivariana es hasta que la condición sobreviniente desaparezca, es decir, se convierta en falta absoluta de acuerdo a lo que señala la propia ley fundamental o bien el presidente regrese al país. Brasil fijó su postura al señalar que:

La posición de Brasil no es menor. En tanto líder regional –o aspirante a– no puede aprobar que un país rompa el ordenamiento constitucional. Pero tampoco puede, abiertamente, confrontarse con su vecino recientemente incorporado al Mercosur. Lo llamativo es que para algunos la posición que adopta el TSJ puede llegar a ser tan amañada como la que adoptó el congreso paraguayo al destituir a Fernando Lugo, levantando una ola de voces respecto al supuesto golpe de Estado y activando los mecanismos de protección democrática de Mercosur y Unasur. Claramente, más allá de las causas jurídicas, en Venezuela no pasará lo mismo. El presidente electo es Chávez y eso es lo más preocupante, pues hasta ahora el gobierno está siendo ejercido por Nicolás Maduro. Algún tinte institucional se mantendría si la presidencia fuera asumida por el presidente de la Asamblea Nacional de manera interina, toda vez que él si posee la legitimidad democrática para ejercer un cargo de la naturaleza de la presidencia de la república.

Lo anterior pareciera revelar que dentro del PSUV sí existen conflictos y no sería raro que así fuera, pues el partido tiene una conformación tan heterogénea como la del Mesa de Unida Democrática. Decenas de grupúsculos que encontraron su punto de cohesión más poderoso en el discurso bolivariano del presidente Chávez, quien además actúa como mediador en tanto líder. Eso es clásico de los populismos. Cuando Ernesto Laclau –probablemente el más alto teórico del tema– habla del asunto releva la importancia de las cadenas de equivalencia que conforman los grupos y que les permite unirse a través del discurso del líder. Otros estudiosos del tema, como Kurt Weyland y Guy Hermet, hacen observaciones similares respecto del rol del líder, el cual además tiene poder sobre la masa a través de un discurso altamente carismático. De ahí que la ausencia del líder no pueda ser suplida fácilmente. A la muerte de Perón en Argentina no hubo un heredero de la presidencia hasta Menem, y después del colapso del sistema un discurso similar, con Néstor Kirchner, se alzó con el poder. Esa característica del populismo no es heredable y es extraño lo que ha ocurrido en el caso del matrimonio presidencial al frente de la nación argentina.

La ausencia de Chávez ciertamente que abre esos conflictos, pero además genera incertidumbre hacia el caribe y América Central. El presidente Chávez se ha convertido, a punta de petróleo barato, en un líder de importancia para la región. Le ha entregado cierta certidumbre energética a países que carecen totalmente de recursos y a la vez ha podido esparcir así el discurso bolivariano. De todas formas, a diferencia de lo que piensa Iván Moreira, Chávez está lejos de ser un factor desestabilizador en la región, pero tampoco es el líder más importante o quien ha puesto a América Latina en el mundo. Indiscutiblemente ese rol lo ha jugado Brasil.

Estamos ciertos en que el escenario es bastante complicado pues no sólo se trata de un aspecto jurídico. Es un error analizar la política exclusivamente respecto a lo que dice o no dice la Constitución. La ausencia del presidente tiene implicancias particulares a un nivel doméstico y en un nivel regional con énfasis en América Central y el Caribe. En América del Sur ese liderazgo parece más fuerte para el caso de Ecuador y Bolivia y menos en Argentina. Se debilita en el caso de Colombia, Perú o Chile. Sin embargo, el presidente ausente duele más para el caso de los venezolanos, pues más allá que el culto a la personalidad de escalofríos...

...es el presidente a quien los venezolanos han votado y, más allá de los análisis políticos, jurídicos o polítológicos, esa decisión democrática debe, por sobre todo, ser respetada en la medida que el presidente pueda ejercer el cargo para el que fue electo y la institucionalidad se mantenga en los límites del Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos.

domingo, 30 de diciembre de 2012

No basta con los frutos

Soy un convencido que a los gobiernos no corresponde evaluarlos sólo por lo que hacen o por los resultados que son capaces de ofrecer. Eso puede quedar para el mundo privado en el que, efectivamente, quien tiene el control mayoritario de las acciones, los títulos o como quiera que se exprese la propiedad de la compañía, puede tomar decisiones basándose en criterios estrictamente económicos y sin que sea una condición sine que non aunar criterios y alcanzar subóptimos que trasciendan la esfera financiera.

Los gobiernos hay que evaluarlos también respecto a cómo llevan a cabo su tarea. Los gobiernos deben lograr un inestable equilibro entre la gobernabilidad y la representatividad. Por mucho que la ciudadanía pida alguna política pública, las ataduras del poder democrático hacen que no siempre se puedan llevar a cabo lo que todos piden, pues es imposible dejarlos a todos contentos. Como decía Anatole France, no existen los gobiernos populares, pues gobernar es crear descontentos.

Woodrow Wilson ilustra esta situación en una analogía magistral en su trabajo El estudio de la administración, de 1887: En el gobierno, como en la virtud, lo más difícil es lograr el progreso. Antes, la razón de ello era que el soberano único era egoísta, ignorante y tímido, o tonto, aunque de vez en cuando apareciera uno sabio. Hoy, la razón es que los muchos, el pueblo, que son el soberano, no tienen un solo oído al que nos podamos acercar y son egoístas, ignorantes, tímidos, obcecados o tontos; con el egoísmo, la ignorancia, la obcecación, la timidez y las tonterías de varios miles, aunque haya centeneras de sabios.

Con Sebastián Piñera el país ha crecido a tasas cercanas a las que tuvimos a mediados de los 90 –con el eventual peligro de un recalentamiento de la economía–, se han creado cientos de miles de empleos, se han impulsado una serie de políticas públicas y hay otras en cartera. El gobierno ciertamente no ha sido inoperante, ha hecho cosas. Pero no podemos juzgar al gobierno sólo y exclusivamente por lo que ha hecho. Al menos no si queremos situarnos como observadores críticos de la política que nos rodea y no sólo como electores ocasionales o predicadores de alguna causa política.

Todo lo que ha hecho el gobierno no quita que el presidente sea políticamente incompetente y que quienes le rodean tengan poco conocimiento de lo que significa estar en el poder. Varias veces el ministro Larroulet, de SEGPRES, ha dicho que la concertación se ha dedica sólo a obstruir, revelando así la concepción desnaturalizada que tiene el ministro respecto al rol que deben jugar los actores políticos en un sistema democrático. No son pocos los miembros de este gobierno que parecen concebir al congreso como un buzón en el que los proyectos pasan con mínimas revisiones y a los tribunales de justicia como un obstáculo.

El gobierno desde un principio careció de una estructura ad-hoc para resolver conflictos políticos entre los partidos y para canalizar de forma adecuada su relación con el congreso y con la oposición. Cada fuente potencial de conflicto se transformó en un doloroso parto para el gobierno y llegó a ser un mantra decir que el gobierno apagaba los incendios con bencina, pues extrañamente fueron incapaces de manejar las crisis, las que crecieron como bolas de nieve y terminaron por aplastar la popularidad del presidente. Un gobierno que no sabe comportarse políticamente hablando es un mal gobierno, aunque haga muchas cosas. Aunque claro, es mejor que un gobierno políticamente incompetente y además inoperante.

Extrañamente, el liderazgo de Michelle Bachelet durante su gobierno no fue muy diferente al de Sebastián Piñera. A diferencia de lo que ocurrió durante los gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos, en los que el presidente se situó convenientemente por sobre los partidos políticos y en su rol de jefe del gobierno llegó a ser también el líder de la coalición gobernante. Con la presidente Bachelet no fue así. Ella, al igual como ha ocurrido con Piñera, no actúo por sobre los partidos, sino que entre ellos e incluso bajo los dictados de los presidentes de partido.

Pero entre Bachelet y Piñera hay una diferencia capital que tiene que ver con las estructuras institucionales que cada coalición provee. La concertación fue capaz de generar desde el primer gobierno, bajo el liderazgo de Edgardo Boeninger, instituciones informales que ayudaban a buscar consensos dentro de la coalición y acuerdos políticos más allá de ella. A lo largo de los años, la concertación fue perfeccionando este mecanismo de concertación política, el que probablemente llegó a su cúspide durante el gobierno del presidente Lagos y las reformas constitucionales de 2005.

Esas mismas instituciones hicieron que el gobierno de Bachelet, sin ser el que mejor liderazgo ha mostrado, funcionase bien dentro de la serie de conflictos que se fueron desatando en los primeros meses de su mandato. Dicho de otra forma, la concertación aprendió a ser gobierno y perfeccionó un mecanismo que le ayudó a tener gobiernos exitosos y en donde las crisis fueron bien manejadas. Incluso en los peores momentos del presidente Lagos, luego de los escándalos de los sobresueldos a principios de la década pasada, se apeló a esas formas de resolver conflictos.

Recuerdo cuando en el verano de 2010 se hablaba de la forma que adoptaría el gobierno para relacionarse con los partidos y para conformar el cuerpo de asesores: el segundo piso. En algún momento el presidente dijo que aspiraba a formar algo parecido a lo que hizo el presidente Patricio Aylwin y Edgardo Boeninger, pues se trataba de inaugurar el mandato de una nueva coalición ausente del poder por 20 años. Creo que ese fue el primer error de este gobierno en este campo. ¿Por qué querer armar una estructura parecida a aquella que siguió después de la dictadura? Los tiempos políticos eran diferentes. Ya en otros escritos señalé lo infructuoso que sería para el gobierno aspirar a actuar como lo hizo el presidente Aylwin, quien gobernó en un momento único en nuestra historia reciente. Piñera y la derecha fueron incapaces de leer el momento político en el que se encuentra Chile hoy.

Al gobierno le quedan 14 meses. No aprenderá a hacer lo que en los años anteriores hicieron mal. Por más que digamos que este gobierno tiene una lista interminable de logros –algunos ciertos, otros irresponsablemente inflados– su gestión política debe estar entre las más malas de los últimos años. Y por más que algunos ciegamente digan que eso no importa, sino que por sus frutos los conoceréis, no podemos ignorar que si efectivamente la actitud política del gobierno fuera tan irrelevante, las encuestas mostrarían otra cosa. 

jueves, 22 de noviembre de 2012

Morsi, el nuevo articulador en el cercano oriente

Históricamente Egipto ha jugado un rol importante en su región. El país se constituye en una especie de puente entre el norte de África, lo que se denomina el Magreb, y los países de oriente próximo, donde el conflicto se ha hecho sentir desde hace décadas, pero con mucha más fuerza en los últimos días. Allí Egipto parece competir o al menos rivalizar con el liderazgo al que también aspiran Turquía e Irán, en cuyos líderes, Erdogan y Ahmadineyad tienen posicionamientos diferentes respecto del mundo.

Mientras Ankara mantiene su alianza con la OTAN, un lazo que la une indefectiblemente a los países occidentales, no se niega tampoco a mantener relaciones cordiales con Rusia, a pesar de la amenaza que ha llegado a representar el conflicto sirio, sobre el que Rusia ha estado pendiente y, ciertamente, dándole una mano al régimen de Al-Assad. Por otro lado, Tehran mantiene esa tensa relación con occidente y el líder del régimen islámico ha dicho varias ocasiones que Israel debe desaparecer y que se trata de una mancha nefasta.

Pero allí aparece Egipto y su nuevo líder Mohamed Morsi, que se convirtió en el articulador del acuerdo de cesa al fuego entre Israel y Hamás, poniendo fin a varios días de intercambio de misiles entre la franja de gaza y las ciudades israelíes, particularmente del sur del país. Si bien es cierto que los Estados Unidos no estuvieron ausentes en el proceso —como parece razonable de parte de la potencia global— su involucramiento fue más explícito una vez que las conversaciones entre Israel y Hamás llevadas a cabo en El Cairo ya se encontraban encaminadas. Fue el presidente Morsi uno de los primeros en reaccionar una vez desatado el conflicto llamando a la negociación y buscando articular una tregua entre las partes y, una vez alcanzado el cese al fuego este miércoles por la noche, recibió los agradecimientos de varios líderes por el rol que jugó encaminando el conflicto hacia una tregua. 





De alguna forma la actuación de Egipto en este conflicto le permitió a Morsi consolidarse a nivel regional como un líder articulador y responsable y legitimarse a nivel global como un actor protagonista en la región. Así mismo, se consolidan las relaciones entre Egipto y los Estados Unidos, las que Obama había venido intentando cimentar desde que llegó a la Casa Blanca a principios de 2009, pero que terminaron sufriendo un paréntesis debido a las convulsiones internas de los países del norte de África que hicieron que, naturalmente, cada uno de ellos mirara hacia adentro. Mientras Libia busca reconstruirse y en Siria la guerra civil se mantiene, con Al-Assad con cada vez menos apoyos internacionales y un reconocimiento creciente a la coalición opositora al régimen y con Irán tensionando las relaciones con occidente e incluso avalando los ataques de Hamás, el líder aparentemente más estable de la zona vuelve a tomar un rol significativo en su proyección regional.




¿Qué se viene luego de este alto al fuego? ¿El esfuerzo de Egipto irá más bien a sostener el status quo en la región o bien buscará rearticular un nuevo proceso de paz en la zona, sustentable y de largo plazo? al parecer Egipto sí está dispuesto a jugar ese rol en la zona.


En definitiva, puede que este cese al fuego sea sólo uno más de las tantas treguas que han habido en estos más de 60 años de conflicto y se termine rompiendo por acción de una de las partes... por un auto explotando en el centro de Tel Aviv o por una acción localizada de Israel en Gaza. Lo que sí parece más relevante, lo que parece muy relevante, además del hecho que con el cese al fuego muchas personas pueden volver a dormir tranquilas —si cabe, en una zona en conflicto permanente— es que el presidente de Egipto pasa a la cabeza entre los líderes regionales y podría empezar a jugar un rol internacional bastante significativo.  

martes, 20 de noviembre de 2012

Colombia y Nicaragua a la luz del fallo de la CIJ

Ayer se formó mucha expectación en Chile por el fallo que daría la Corte Internacional de Justicia de La Haya respecto al litigio entre Colombia y Nicaragua. Sin entrar en detalles, porque desconozco profundamente los pormenores del litigio entre Bogotá y Managua y asumo que la mayoría de los chilenos ni siquiera sabíamos que esa controversia existía y estaba siendo tratada por la CIJ.

Pero lo que sí se puede decir es que la Corte de La Haya suele ser bastante ecuánime en sus fallos. Evita darle toda la razón a solo una de las partes y, además, no existe más allá de la Corte algún organismo superior al que se pueda apelar. Me imagino que esa práctica de entregarle a algún monarca el rol de mediador hoy ya se usa menos. Y evidentemente aceptar el fallo, aunque no guste, es el costo de entregarla el rol de dirimente a una tercera parte y no resolverlo mediante el diálogo bilateral.

El ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe, ha señalado de forma explícita que el fallo debe ser rechazado. El tema es ¿ante quién se rechaza el fallo de una corte, que actúa como máxima y única instancia, y a la que ambas partes le han entregado la competencia para resolver?




El argumento tradicional para señalar que el derecho internacional no es efectivo es la carencia de mecanismos que permitan hacer cumplir las normativas que emanen de los organismos internacionales. Desde esa premisa cobra sentido la concepción realista de un mundo anárquico, pero al mismo tiempo gana fuerza la idea que los Estados que le han dado legitimidad a los organismos internacionales no desoigan sus decisiones cuando han aceptado que éstas sean vinculantes. Luego, la comunidad internacional es la que termina dándole eficacia a esas instancias de derecho internacional que voluntariamente han creado para darle más certidumbre al sistema internacional. De lo contrario, reeditamos de forma completa el nunca desaparecido sistema de equilibrio de poderes... y nos armamos hasta los dientes. 


El fallo negó la posesión de las islas para Nicaragua, se dice fundamentalmente que nunca los nicaragüenses nunca hicieron soberanía efectiva sobre las islas, por lo que el fallo ratifica la soberanía colombiana sobre todas las islas en disputa. Pero el mismo fallo cambió el límite marítimo entre los dos países, entregándole una parte significativa de territorio marítimo a Nicaragua.



¿Cómo reaccionaremos en Chile si percibimos que el fallo de la CIJ no nos favorece? ¿Cuál es el alcance de la CIJ como instancia de solución de controversias entre Estados? ¿Cómo armonizar el derecho interno frente al derecho internacional? El presidente Santos señala que uno de los problemas es que los cambios de límites deben ser aprobados por reforma constitucional y, evidentemente, no existe una instancia internacional que obligue a Colombia a incorporar a su derecho doméstico. En ese mundo toda la arquitectura del derecho internacional se va al suelo y la capacidad de la Corte para resolver sin la voluntad de las partes involucradas, en este caso, los Estados que le dan legitimidad a la CIJ para resolver, se vuelve completamente ineficaz. La anarquía del sistema internacional parece no haber desaparecido del todo. Es la voluntad de los Estados y, en última parte, la de los líderes de esos Estados, los que terminan construyendo y dándole viva al tinglado internacional de instituciones.  

domingo, 4 de noviembre de 2012

La Alianza del Pacífico en su relación con el resto de América Latina

Hace algunos meses, Andrés Oppenheimer publicó una columna en el diario La Nación de Buenos Aires, en la que señalaba la existencia de dos Latinoaméricas. Una comprometida con el libre mercado y la inserción global, conformada principalmente por Chile, Perú, Colombia, México y Panamá, con la mirada hacia el pacífico y el intento de inserción en bloques comerciales de largo alcance como punto común. Chile, Perú y México son miembros de APEC y Colombia ha iniciado desde ya hace algunos años ingentes esfuerzos por alcanzar acuerdos de libre comercio con varios países, entre ellos Chile y los Estados Unidos. Panamá ha sido llamada por la prensa “el Singapur de América Latina” por el potencial que tiene y pese a las sombras de una burbuja inmobiliaria (Laprensa.hn, 2011)
La otra, conformada por países que han puesto más resistencia a la inserción en bloques comerciales grandes y donde se ha beneficiado más la venta de materias primas. Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay formarían este bloque. Miran al atlántico y su mayor esfuerzo por integrarse comercialmente se ve reflejado en el Mercosur.
Para Edgar Vieria (Retrospectiva, 2011) esta conformación dual de América Latina tendría su reflejo formal en la recientemente constituida Alianza del Pacífico y el ALBA. La coincidencia no es completa con la opinión de Oppenheimer, pero sí es útil para reconocer las dos posturas que tienen los actores secundarios en América Latina. Es decir, Brasil queda fuera de la ecuación tanto por sus dimensiones como por las características de la inserción global a la que aspira. Allí el ALBA como bloque sí cobra sentido, en contraposición a los países que han empezado a mirar con mayor énfasis hacia el pacífico y a liberalizar crecientemente sus mercados.
En ese marco, nacen una serie de interrogantes, algunas más difíciles de responder que otras, que tienen a ver cómo se inserta este nuevo bloque en el amplio –quizás demasiado amplio– abanico de organizaciones latinoamericanas de integración. ¿Qué posición puede tener Brasil en esto? ¿Cómo se relacionará con el Mercosur? ¿Y con la Comunidad Andina? ¿Qué postura tienen los demás países latinoamericanos con costas al pacífico?
Comunidad Andina y Mercosur
En primer lugar, la gran diferencia con el otro gran bloque comercial de América Latina: El Mercosur, es que en conjunto el nuevo bloque exporta más del doble que el Mercosur, representando cerca de un 55% del comercio exterior de la región y, además, teniendo una inserción muy significativa a través de tratados bilaterales de libre comercio. Eso se contrapone con lo que recientemente han hecho Argentina y Brasil, aplicando ciertas medidas proteccionistas a su comercio exterior y enfrentando dificultades para insertarse en las redes de comercio global.
La Comunidad Andina, por otro lado, ha visto en las últimas décadas cómo sus integrantes y promotores más significativos: Chile y Venezuela, la han abandonado y, de acuerdo a Klaus Bodemer, ex director del GIGA Hamburgo, la integración de la Alianza del Pacífico por parte de Perú y Colombia viene a quebrar definitivamente una agónica CAN, que en la práctica ha dejado de existir (DW.de, 07/06) y que en su seno aloja a las dos visiones predominantes en el marco de los procesos políticos latinoamericanos: Ecuador y Bolivia, por el lado bolivariano, y Colombia y Perú, por una relación más amistosa con la globalización.
Es decir, si ponemos a la Alianza del Pacífico en perspectiva con los otros bloques de la región, nos encontramos con que viene a renovar las perspectivas de integración económica y comercial en América Latina, pero con nuevos aires, que ya no provienen de la promoción del comercio intrarregional, sino de mecanismos para insertarse de una forma más competitiva en un entorno global. La CAN y el Mercosur representan esfuerzos fracasados, fraccionados y agónicos, en tanto, la Alianza del Pacífico un nuevo camino que aspira a convertirse en un referente nuevo y que ya ha despertado el interés de otros países por integrarlo: Panamá y Costa Rica, quienes podrán ser miembros plenos del bloque –hoy son observadores– cuando terminen las negociaciones de los acuerdos comerciales que tienen pendientes con los países miembros.
Brasil en la costa pacífico
La Alianza del Pacífico viene a ser una confirmación fáctica de la importancia creciente del pacífico en las relaciones de poder a nivel global. Se suma a otras iniciativas que destacan esto, como la reciente estrategia de defensa de los Estados Unidos y la APEC, organización pionera en la integración económica de la cuenca pacífica. En ese marco, tener acceso al océano pacífico es una condición casi fundamental para llegar a ser un actor relevante en la política mundial. En esa línea, Brasil se convierte en el único BRIC sin acceso a la ribera del Pacífico y sus principales alternativas para llegar a él mediante convenios de infraestructura –fundamentalmente Chile y Perú– hoy pueden mejorar ostensiblemente su posición para negociar con Brasil este tipo de convenios.
No obstante lo anterior, se debe tomar en cuenta que dichos procesos están dados también en el marco de otros acuerdos internacionales, como el de UNASUR e incluso uno previo, la IIRSA (Iniciativa para la Infraestructura Regional Sudamericana) que nace el 2001 en Brasilia, y que promueve la construcción de carreteras transcontinentales, puertos, aeropuertos e infraestructura energética que facilite la integración. En consecuencia, no es eso lo que viene a ser más complejo para Brasil.
Lo que es más importante es que Brasil convive en América Latina con Estados con suficiente autonomía en el escenario internacional que, sin aspiraciones de hegemonía global, sí buscan insertarse en esos espacios, Chile probablemente el que más. Brasil, en ese marco, no viene a ser la gran potencia sudamericana que media en la relación del resto de los Estados con el resto del mundo. Tiene un liderazgo regional pero a nivel latinoamericano no es el único actor legitimado por el sistema internacional y eso lo ha obligado a articular alianzas en otras regiones, como el mismo BRIC y el IBSA.
La Alianza del Pacífico está constituida por potencias medianas regionales o secondary regional powers, definidas así pues las potencias regionales, en este caso, Brasil, requieren de su cooperación para alcanzar ciertos objetivos a nivel regional e incluso global (Nolte, 2006: 17). Así por ejemplo, Brasil requiere de Chile y Perú para alcanzar la cuenca del pacífico y de Colombia para generar mecanismos de cooperación en temas de seguridad regional e integración militar (Telesur, 02/05).
Con el caso de México la relación puede ser algo diferente. La distancia geográfica y los aparentemente irrompibles lazos entre México y los Estados Unidos, parecieran alejar al país azteca de América del Sur, pero la Alianza del Pacífico viene a mostrar que esto no sería tan así y que México sí tiene algún grado de interés en la región y en las posibilidades que le pueden brindar su relación con economías estables y con aspiraciones similares ¿Un desafío a Brasil? Difícilmente, pues México tiene una serie de problemas internos que le impiden sostenerse en el escenario global como una potencia de gran alcance. Pero sí es una señal para hacerse presente en Sudamérica y reiterar que en América Latina Brasil no monopoliza el poder.
Por tanto, la Alianza para el Pacífico, pese a las palabras de buena crianza de los presidentes, que han dicho que no es un bloque para desafiar a alguien, sí parece ser una instancia que busca contrapesar el rol de Brasil en la región, articulando a potencias medianas regionales en asuntos comerciales y financieros para mejorar su posición respecto de Brasilia y, más especialmente, respecto de las economías del sudeste asiático.
Ecuador y América Central
Dos elementos más dignos de mención son la posición que tienen otros países con costas en el pacífico sobre de esta alianza. Ellos serían Ecuador, Honduras, Nicaragua y El Salvador. Panamá y Costa Rica ya han solicitado su ingreso a esta Alianza y los Estados Unidos han mencionado la posibilidad de una gran área de libre comercio entre todos los países ribereños del pacífico. Algo que, de concretarse, en el largo plazo terminará por superar a APEC.
En este punto es interesante notar dos elementos. El primero es la conciencia pacífico, es decir, que tanto acercamiento tienen los países con el bloque de la cuenca del océano pacífico, tanto en términos de comercio, como por la posición geopolítica que ocupan. El segundo tiene que ver con las visiones de desarrollo de los países y su aversión por estos mecanismos de apertura comercial e inserción global.
Para el caso de Ecuador ambas condiciones están presentes. La relación del país con la cuenca pacífica es escasa, su posición cordillerana lo pone de espaldas al océano y sus propios ciudadanos tienden a mirar mucho más hacia los Estados Unidos  y a Europa por razones económicas o comerciales, que al Asia. Tendencia que, sin embargo, ha venido cambiando en los últimos años. El segundo elemento está presente desde el gobierno del presidente Correa, que ha instalado un programa con tendencia socialista bolivariana. La firma del acta constitutiva de la Alianza del Pacífico generó varias críticas a Rafael Correa, señalando que Ecuador se encuentra a la deriva en la generación de alianzas que tiendan a dinamizar la economía, salvo en su relación con China (Hoy.com.ec, 08/06). La presencia de Ecuador en UNASUR no responde a aspiraciones comerciales, pues en su génesis, UNASUR es un organismo de integración política y no comercial. El diario de Quito El Comercio fue mucho más duro, al señalar que la Cancillería ecuatoriana está mucho más interesada en defender tiranías de oriente medio que en mirar al futuro del país o, al menos, al presente (El Comercio, 10/06). A pesar de esta situación, en futuro cercano pareciera ser probable que más por necesidad que por motivaciones ideológicas, Ecuador tenga que empezar a mirar más de frente el océanos pacífico por las oportunidades que entrega.
Centroamérica es un caso variopinto. El Salvador, Honduras y Guatemala viven una escalada de violencia que acapara gran parte de las energías de los gobiernos, su relación con los Estados Unidos en términos comerciales y financieros es muy alta y solo recientemente ha aumentado tanto el comercio intrarregional como con China. Por otro lado, Nicaragua, adhiere a las líneas programáticas del ALBA, con lo que su posición es bastante parecida a la que sostiene Ecuador, en cuanto al rechazo de estas instancias que, de alguna forma, terminan consolidando las estructuras comerciales del mundo.
Como conclusión, la Alianza del Pacífico es muy nueva para evaluarla en términos globales, sin embargo, desde la perspectiva de quiénes la conforman y de los intereses de cada uno de esos Estados, no pareciera ser tan incorrecto señalar que de prosperar se empezará a convertir en una alternativa al ALBA y en versión aggiornadade la hoy fenecida ALCA, en la que más que miradas endógenas, exista la voluntad por posicionarse conjuntamente en el escenario global y mejorar la posición para negociar e incluso contrapesar el poder de algunas potencias emergentes, particularmente Brasil en América Latina; y China, India, Corea del Sur o Viet Nam, en la ribera oriental del océano pacífico, nuevo centro de las relaciones de poder a nivel global.
_________________________________
Entrada originalmente publicada en www.ballotage.cl 

domingo, 21 de octubre de 2012

Mercosur y los ejes fundamentales de política exterior de Chile


La política exterior de Chile en los últimos años ha tenido dos ejes bastante significativos en los últimos 20 años. Primero, la inserción económica y comercial del país de manera bilateral o en bloques de países con objetivos similares a los chilenos, esto es, la liberalización del comercio y la eliminación de las barreras arancelarias que dificulten la libre circulación de bienes. De ahí que el país se haya involucrado activamente en APEC, sea hoy parte de la naciente Alianza del Pacífico y tenga tratados de libre comercio o de complementación económica con numerosos países en todas las regiones del planeta.

El segundo eje, de carácter más político, dice relación con la promoción del multilateralismo y lo que la literatura ha llamado “diplomacia de cumbres”. Esto es una forma más flexible de generar encuentros entre los países, sin densas orgánicas institucionales, en las que se promueve el consenso entre los países miembros y se avanza en la medida que se vayan construyendo acuerdos de manera conjunta. De esta forma han aparecido innumerables encuentro: Cumbre de las América, cumbre iberoamericana, cumbre América Latina y el Caribe-Unión Europea, cumbre América del sur-países árabes, entre varias otras en las que Chile ha tenido un rol importante como patrocinador, como organizador o como miembro activo del proceso.

Ambos ejes de acción en la arena internacional han estado marcados por una estrategia de regionalismo abierto. Chile no se ha circunscrito en su política exterior sólo a América Latina. Alberto Van Klaveren (1997) explica que la estrategia de regionalismo que Chile ha adoptado tiene las siguientes características: las distintas opciones de inserción regional no son mutuamente excluyentes, más bien tienden a superponerse y a complementar objetivos diversos de política exterior; cada proyecto de inserción tiene sus propias incertidumbre y limitaciones, por lo que cada uno debe tener una forma particular de atención; los acuerdos entre países deben quedar abiertos a la incorporación de nuevos miembros; y, finalmente, la profundización de los esquemas regionales de integración debe ser compatible con la liberalización comercial, evitando el surgimiento de nuevas barreras que dificulten la libre circulación de bienes y servicios.

En ese contexto, Mercosur es para Chile una fuente de contradicciones que genera conflictos en los objetivos de nuestra política exterior. El Mercosur planteó la generación de un arancel externo común en un momento en el que Chile llevaba varios años reduciendo  –incluso de forma unilateral– el impuesto a las importaciones. Además de la coordinación de políticas económica, monetarias, cambiarias, entre otras. Todo, con el objetivo de construir una zona económica comunitaria.

Chile es un país que no ha estado dispuesto a subordinar su actuación en el sistema internacional a otros bloques de países o a relaciones bilaterales que puedan tener algún grado mayor de profundidad o interés. Ha quedado claro en los últimos años que uno de los activos más preciados del país a nivel internacional ha sido la preservación de la autonomía para actuar y tomar decisiones. Eso quedo claramente demostrado con la negativa de Chile a la guerra de Irak cuando en 2003 ocupaba un puesto no permanente en el consejo de seguridad de Naciones Unidas, a pesar que paralelamente se venía negociando el tratado de libre comercio con los Estados Unidos. El uso de las cumbres como herramienta predilecta y la mirada, un poco más tímida, frente a organismos que aspiran a tener una densidad burocrática mayor son otros de los elementos que permiten inferir esta búsqueda de la autonomía. Chile pertenece a bloques de países con límites difusos en los que los costos del disenso son bajos y que además no le impiden actuar por iniciativa propia en otras dimensiones en la agenda global. Como consecuencia de esto, para Chile los espacios más cómodos los representan instancias como APEC o Alianza del Pacífico pues en sí mismas conjugan todos los lineamientos basales de la política exterior chilena.

Mercosur es más incómodo, aunque es cierto que el actuar como país asociado al bloque y no como miembro pleno permite hacer consistente el posicionamiento de Chile en términos comerciales en América del sur. No obstante lo anterior, es importante relevar la importancia del Mercosur para las relaciones económicas y políticas chilenas para con Sudamérica. Podemos convenir que Mercosur no representa de manera íntegra los valores comerciales y económicos que Chile busca promover en el sistema internacional, pero ignorarlo puede ser un gran error si Chile busca avanzar en el refinamiento de sus relaciones comerciales y la sofisticación de la industria exportadora nacional.


Las estadísticas de la CEPAL muestran que desde 1995 –el acuerdo de complementación fue firmado con Mercosur en 1996– el comercio como los países del Mercosur ha crecido un 309%, siendo los principales motores de este crecimiento Brasil y la Argentina. En términos relativos, también Mercosur ha aumentado su peso en las exportaciones intrarregionales de Chile, como se ve en el gráfico 2.


Es interesante notar la caída entre 1995 y 2002, pues este es el periodo de crisis económicas importantes en el continente, partiendo por lo que sucedió en México en 1994, la devaluación del real en Brasil en 1999 y las crisis argentinas y uruguayas de 2001 y 2002 respectivamente.


El dato interesante que nos muestra el gráfico 3 es que, si tomamos como año base el 2002, la participación de las exportaciones al Mercosur respecto de las exportaciones al resto del mundo ha tendido a crecer levemente, pasando de un 5,7% a un 8,2%; en tanto que las exportaciones intrarregionales han decrecido en el mismo periodo, pasando de un 20,4% a un 17,1%.

Otro punto significativo es que Mercosur es un receptor importante de productos industriales chilenos. Después de la recuperación económica de la Argentina y Brasil a partir de 2002, las exportaciones de los productos manufacturas chilenos inician un proceso exponencial de crecimiento.


Un informe elaborado por DIRECON en 2011 con motivo del décimo quinto aniversario de la firma del acuerdo entre Chile y el Mercosur señala que Mercosur es el primer destino de los productos manufacturados chilenos, por sobre los Estados Unidos y China, lo cual viene a mostrar la importancia de la relación con el Mercosur para que la economía chilena profundice la agregación de valor a los productos exportados, lo que ciertamente no se puede alcanzar en la relación con China y, en general, el sudeste asiático, debido a los diferenciales de competitividad que existen con esos países. La cercanía geográfica y las posibilidades de integración entre Chile y los países del Mercosur pueden ser ventajas que Chile debería explotar en la relación comercial con el Mercosur y, de manera más general, con América Latina, en una búsqueda por la complementación económica sin comprometer otros lineamientos comerciales de Chile.

No obstante, hay otros elementos que para Chile deben tener también importancia. La relación estratégica que se puede lograr en el seno del Mercosur con Brasil puede llegar a ser muy importante para la política exterior chilena, dado el peso estratégico que a nivel sudamericano tiene el país de Dilma Rousseff. Chile ya tiene instalado un discurso de libre comercio e inserción internacional sin exclusión regional, pero no sería posible explicar que teniendo a uno de los BRIC’s al lado, Chile no contemple en su política exterior algún eje particular con Brasil en términos de integración física, comercial y económica. Y es más, pues si bien es cierto que Chile participa activamente de UNASUR, en donde Brasil es también un actor relevante, pero dada la actuación de Chile en el sistema internacional parece poco conveniente que la relación con el país más importante de la región quede subsumida a un organismo regional.

Mercosur tiene potencialidades que van más allá de lo económico. En una columna publicada en Ballotage.cl revisé el punto para la Argentina. En el caso de Chile, sin ser miembro pleno, puede aprovechar la serie de ventajas económicas y comerciales que el bloque puede entregar, así como también aquellas estratégicas, lo que fundamentalmente viene dado por la relación con Argentina y Brasil en un proceso de inserción del cono sur en la cuenca del pacífico.

Finalmente, Chile ha adoptado en su política exterior una muy interesante forma de inserción internacional que ha resuelto de manera muy eficaz los posibles conflictos o inconsistencias entre los ejes de política definidos por los actores domésticos y las acciones que se llevan a cabo en la arena internacional. Así se han podido complementar diferentes acuerdos bilaterales o multilaterales y las participaciones diversas en mecanismos de integración que, formalmente, pueden tener objetivos distintos, pero que funcionalmente contribuyen a la concreción de los objetivos que tiene el gobierno chileno en la arena internacional. Luego, Chile podría convertirse en América Latina en un actor importante capaz de hacer confluir dos vertientes de inserción económica y política en la cada más importante cuenca del hacia pacífico, participando por un lado en la Alianza del Pacífico y APEC, pero actuando como puente con Mercosur y permitiendo la complementariedad de los dos bloques económicos dentro de América Latina y salvando así las dificultades que existen para que en algún momento UNASUR y Mercosur converjan.

Referencias

Van Klaveren, A. (1997). América Latina : hacia un regionalismo abierto. Estudios Internacionales, 62-78.

martes, 9 de octubre de 2012

Inglaterra, 1348 - Company of Liars


Un breve extracto del libro "Comitiva de embusteros" de Karen Maitland. 

»— Le mate porque era un sacerdote, porque son los sacerdotes, los buleros y el resto de su misma calaña los que destruyen a la gente joven y hermosa, a los inocentes y los indefensos. Cristo nos enseñó lo que era la compasión. Nos mostró la misericordia de Dios, pero ello usan su nombre para atormentar a quienes deberían atender. Hacen que se avergüencen de la belleza. Hacen que desprecien su naturaleza y su propio cuerpo. Hay muchas personas crueles en el mundo, Camelot, que roban, asesinan y se aprovechan de los débiles, pero al menos son sinceros. No pretenden hacernos creer que sus fechorías son la voluntad del Señor. No llevan a los hombres hasta la desesperación y dicen que lo hacen por amor. Si torturan a alguien, lo hacen sólo en este mundo. No le condenan al infierno para que sufra tormento durante toda la eternidad. Eso sólo lo hacen los sacerdotes y los obispos.
La expresión en el rostro de Rodrigo era de furia.»

miércoles, 25 de julio de 2012

Reelección de congresistas y profesionalización del trabajo legislativo


Las movilizaciones de los últimos meses han puesto en tela de juicio no sólo los pilares económicos del modelo de desarrollo chileno, sino que también vienen a ser útiles para cuestionar los cimientos políticos de una democracia que, a juicio de la ciudadanía y a la luz de las demandas esbozadas por los movimientos sociales, se ha vuelto incompleta para dar por finalizado un proceso de transición política que no termina de morir. A partir de esta premisa se ha profundizado un cuestionamiento a nuestras instituciones políticas que si bien no es nuevo, sí ha cobrado fuerza debido a la incapacidad que esas instituciones han demostrado en la tarea que les corresponde a la hora de solucionar los conflictos sociales.

Entre esas instituciones, el nudo gordiano pareciera ser la regulación electoral, partiendo por el sistema binominal y llegando a los incentivos que la reelección o la estructura de los partidos políticos generan para el adecuado funcionamiento de la democracia. Bajo esta lógica de querer cambiar completamente las instituciones políticas –esgrimiendo en algunos casos argumentos falaces que escapan a los aportes que ha hecho la literatura de Ciencia Política– un grupo de diputados ha presentado una moción para limitar la posibilidad de reelección de diputados y senadores aduciendo que con esta reforma se responde a las demandas ciudadanas que claman por mayor representatividad y renovación de liderazgos (cámara.cl, 19/08)

Creo que la moción de los diputados parte de un diagnóstico equivocado y desconoce los beneficios que entrega la posibilidad de reelección en los congresos. La idea que subyace a la propuesta es que dado que los diputados y senadores se pueden reelegir se eternizan en sus cargos y eso produce un envejecimiento progresivo de los liderazgos quebrando paulatinamente las relaciones entre el representante y sus representados dado que el diputado o senador se siente dueño de su cargo. Pero cabe preguntarse ¿existe efectivamente una relación causal entre reelección indefinida debilitamiento democrático e institucional? Creo que para este caso la respuesta más clara es que no y que por el contrario la posibilidad de reelección se convierte en un elemento de fortalecimiento a la actividad legislativa, no solo por el peso que tiene el congreso, donde los diputados y senadores pueden dedicarse a hacer una carrera política que si es positiva será recompensada con la reelección; además está el hecho que mientras más tiempo pasen los diputados y senadores haciendo uso de su escaño, más experiencia van ganando en el desempeño de sus funciones, agregando así crecientes cuotas de profesionalización a la actividad legislativa.

Además podríamos hacer un cuestionamiento normativo. ¿Es adecuado que una ley limite la posibilidad que tienen los electores para premiar o castigar a sus representantes de acuerdo a la calidad de su desempeño? Ante eso yo respondería que no, pues no solo se debilitaría al congreso sino que la decisión del elector sería subestimada ¿Por qué éste no podría premiar a un diputado o a un senador que lo haya hecho bien en su cargo? Por lo tanto, el problema debe ser buscado en otras dimensiones.

Con la reelección limitada de forma tan drástica como lo propone el proyecto de ley –una reelección consecutiva para diputados y ninguna para senadores– los congresistas carecerían de incentivos suficientes para tener un desempeño positivo con sus electores. Es más, pues ¿de qué valdría fortalecer la relación con el distrito si al final de cuentas el diputado o senador no podrá ser reelecto? Además, el proyecto no aclara si la reelección se limitaría de forma global, es decir, quien complete el periodo permitido debe salir del congreso, o bien sólo a nivel distrital, en donde el congresista podría seguir ocupando un escaño pero por una circunscripción o distrito diferente. Ambas alternativas son malas. Con la primera alternativa tendríamos periódicamente tasas de reemplazo elevadas en el congreso, probablemente entraría de forma intempestiva un gran contingente de nuevos diputados y senadores inexpertos en las tareas que les corresponden y de esa forma veríamos crecer la burocracia legislativa. El congreso dejaría de ser una opción para hacer carrera política, debilitándose el rol de sus integrantes, transformando sólo en una plataforma para optar a otros cargos.

Bajo la segunda alternativa se profundizaría el vicio actual de alejamiento entre electores y representantes, pues valdría más hacer carrera dentro del partido para ganar la designación de la candidatura en distritos diferentes y los diputados y senadores se irían rotando entre distritos y circunscripciones de las que no son originarios, profundizando un vicio muy criticado hoy en día y que salió a la luz pública de forma reciente con la designación de Carlos Larraín como senador en la región de los ríos.

Para un grupo de diputados puede aparecer incluso como un acto de inmolación el pedir que se limiten sus propias posibilidades de reelección, pero al largo plazo Chile podría caer en la misma dinámica de falta de profesionalización y debilitamiento progresivo de las legislaturas de la cual son víctimas varios países de América Latina que tienen altos índices de reemplazo en sus congresos. Hoy la profesionalización legislativa en Chile es un activo que no es totalmente valorado, principalmente porque existen otros elementos que han generado una brecha entre los electores y los diputados y senadores, la pregunta por lo tanto es ¿cómo mantenemos los aspectos positivos que tiene nuestro congreso y a la vez lo acercamos a los ciudadanos?

Dos cambios creo útiles para iniciar el debate: el primero es el criticado sistema binominal que hace que los partidos tengan un poder excesivo en la designación de las candidaturas, en ese contexto lo que diga el elector a la hora de sufragar no es más que una confirmación a lo que ha dicho el partido. Un cambio en el sistema electoral debería incluir la posibilidad de listas cerradas no bloqueadas, es decir, el partido o agrupación de partidos propone una serie de candidatos en un número mayor a los escaños que se reparten, y el elector puede ordenar los candidatos según la precedencia que él desee para la posterior repartición de escaños.

El segundo elemento debe tender a incentivar a que en la designación misma de los candidatos la decisión de los electores tenga algún peso, ya sea mediante primarias o a través de otros mecanismos que tengan el mismo objetivo. Con estos dos aspectos el elector tendría más incentivos a la participación y el diputado o senador no podría desentenderse de sus distritos y de sus electores pues es su decisión, en gran parte, la que define su candidatura y su eventual obtención de un escaño. Limitar la reelección va justamente en el camino contrario, si hay que sacar a un congresista por ineficaz ¿quién mejor para hacerlo que sus propios electores?

Quisiera terminar señalando que la discusión respecto a las reformas políticas se está dando de una forma parecida a otras discusiones atingentes a asuntos públicos, de una forma tradicional en la que los ciudadanos acatan las propuestas de políticos y de los partidos. No creo que eso sea malo cuando los mecanismos de representación funcionen adecuadamente, pero en Chile hoy eso no está ocurriendo. Es así como la forma ideal para intentar modificar la institucionalidad política chilena pasa por intentar construir un pacto social a nivel nacional que permita una deliberación pública respecto al tipo de democracia que queremos construir. Eso, necesariamente, pasa por modificar los preceptos de la Constitución y tender a que se puedan reconstruir los cimientos de una democracia representativa sólida que tienda a su consolidación y podamos dar por cerrado este episodio de transición.
_________________________________
Si te gustó la columna puedes visitar más escritos del autor en Ballotage.cl
Esta columna se publicó originalmente en Sentidos Comunes.