domingo, 31 de agosto de 2008

Cola Life, el lado Coca Cola de la vida.


¿Quién no ha probado en su vida una Coca Cola? Creo que muy pocas personas en el mundo podrían responder afirmativamente a esta pregunta, la bebida se distribuye en más de 200 países alrededor del mundo, embotellada o vendida en locales de comida rápida.

Alguien se dio cuenta de este enorme poder de distribución de la multinacional y lo comparó con la capacidad de distribución de medicamentos en países africanos. Simón Berry, el creador de Coca-Life, trabajó a finales de los 80 en Zambia, y notó que uno de cada cinco niños moría por cuadros de deshidratación producidos por diarreas que se daban por consumir agua no tratada.

Sin embargo, Berry podía tomarse una Coca Cola en medio de la selva africana mientras esos niños morían por falta de medidas higienicas y medicamentos. Eso fue lo que lo llevó a crear "Coca-Life". Al principio solo fueron cartas enviadas a empresas para aprovechar el poder de distribución de la Coca Cola y poder hacer llegar medicamentos, sales de rehidratación e materiales para enseñar a la población sobre higiene y tratamiento de agua a lugares donde no llegaban, pero sí lo hacía la bebida, no hubo resultados, pero gracias a la creación de un grupo en Facebook el movimiento a tomado más fuerza y a fin de año se hará realidad la idea se Simon Berry, en Tanzania.

En esencia, es usar los canales de distribución de la multinacional en los países en desarrollo para hacer llegar sales de rehidratación, materiales de higiene y otros elementos para reducir las muertes por diarreas en niños.

Grupo de Facebook
Sitio web Cola Life
Flickr Cola Life

domingo, 17 de agosto de 2008

La muerte verdadera es el olvido

Ese día había llegado a mi casa como a las 8:30 de la noche, lo recuerdo. En la tarde había tenido una prueba y llegaba a mi casa cansado, aunque no en demasía. Ella estaba en su pieza, con los ojos cerrados, la luz estaba baja y había una extraña sensación en el ambiente. Me había quedado solo en la casa, pues mi padres habían salido, estuve un momento parado en la puerta de su dormitorio y sentí una extraña sensación; sentía como su respiración se hacia cada vez más dificultosa, algo en mi interior me dijo que el final estaba cerca. Ya no se podía seguir aplazando.

Cuando llegaron mis padres notaron lo mismo. Llamamos a un vecina enfermera, que nos acompañó durante todo el desarrollo de los acontecimientos, nos confirmó lo al menos para mi era evidente. Le queda poquito, nos dijo. Nada ganábamos con llamar a una ambulancia y sacarla una vez más, de la casa que la albergó por 37 años, decidimos que lo mejor era que partiera desde su dormitorio.

Las horas pasaban, la agonia (que luego supe que viene del griego y significa "en lucha" luchando por su vida) se extendió por varias horas. En un momento el sueño, y quizás también la angustia, no me dejaron estar durante más tiempo despierto y alrededor de la 1 de la madrugada me fui a acostar. No fue mucho lo que alcancé a dormir, a las 2:45 de la madrugada me despiertan. Se había ido para siempre.

Mi abuelita, ella que no le gustaba que le dijera abuela, que me dejaba todos los días cien pesos en su velador, que compraba las bilz cuando llegaba del pago, que me acompañó durante 18 años de mi vida y que me vio salir del colegio y entrar a la universidad (ella siempre decía que no me vería hacerlo) había partido para siempre.

Lo sucesivo ya es historia. Hace un año que ella no está conmigo; pero durante estos 366 día he aprendido algo sumamente valioso: la muerte verdadera llega con el olvido y la inmortalidad sí es posible mientras alguien nos recuerde. Pensar que nuestros muertos están en el cementerio es querer relegarlos a un lugar lejano y apartado de nuestras vidas; ellos están con nosotros, viven con nosotros, en nuestros pensamientos, en nuestros recuerdos, en nuestros sueños. Se extraña la presencia física, claro que sí, pero la presencia espiritual siempre ha estado presente.

Por eso, en vez de pensar que partió para siempre y no está conmigo, prefiero pensar que ella siempre vive conmigo y me quedo con las últimas palabras que me dijo: "Hoy estoy tan bien, no me duele nada" y cuando llegó a la casa fue un muy sutil "holita nomás".

Saludos